EN TIEMPOS anteriores a la antigua civilización griega, las ideas
que se tenían sobre la naturaleza de la luz estaban llenas de misterio. Además,
no se mantenían por mucho tiempo: desaparecían y regresaban en forma apenas
diferente. Los antiguos griegos produjeron las primeras ideas útiles sobre la
luz y, posiblemente por esto, se sostuvieron durante siglos. Los griegos no
distinguían claramente la luz de la vista y basaban sus ideas sobre ambas en
la hipótesis de los rayos visuales táctiles atribuida a Pitágoras. Según esta
hipótesis, el ojo emite rayos rectos infinitamente tenues que al ser interrumpidos
por los objetos producen la sensación de ver. Estos rayos táctiles deberían
ser rectos para explicar la propagación rectilínea de la luz; o sea, para explicar
el hecho de que podemos ver a través de un popote sólo si éste es recto (Figura
1).
Figura 1. La propagación rectilínea de la luz se puede demostrar con este
sencillo experimento. La vela se ve por el popote sólo si está derecho.
La percepción por medio de esos rayos visuales sería, pues, análoga a la percepción
táctil cuando utilizamos brazos y manos para discernir la forma y el tamaño
de los objetos. Un objeto grande separaría más los rayos táctiles que un objeto
pequeño y esta mayor separación angular de los rayos produciría en la mente
la sensación de mayor tamaño del objeto más grande (Figura 2).
Figura 2. La hipótesis de los rayos visuales de Pitágoras suponía que éstos
eran emitidos por los ojos y al ser interrumpidos por los objetos producían
la sensación de ver. El tamaño de los objetos se percibía por la separación
anular de los rayos interrumpidos.
La hipótesis de los rayos táctiles explicaba también la aparente disminución
de tamaño de un objeto al alejarse, ya que los rayos táctiles interrumpidos
por el objeto formarían un ángulo menor y menor, hasta reducirse a cero, al
alejarse el objeto del observador. Esto explicaría por qué las líneas paralelas
que se alejan indefinidamente parecen converger en un punto; el que posteriormente
se llamaría "punto de fuga" por los artistas del Renacimiento (Figura 3). Más
aún, conforme a esta hipótesis la disminución del tamaño aparente estaría en
la misma proporción que el aumento en la distancia; esto es, si la distancia
aumentara dos veces, el tamaño aparente disminuiría también dos veces. Como
esto es precisamente lo que ocurre al tamaño aparente al aumentar la distancia,
la hipótesis de los rayos táctiles se veía apoyada por la experiencia; al menos
por esta experiencia.
Figura 3. La hipótesis de los rayos visuales explicaba la disminución del
tamaño aparente de un objeto que se aleja; la separación angular de los rayos
interrumpidos se reduce al aumentar la distancia entre el ojo y el objeto. Por
esto las líneas paralelas que se alejan indefinidamente parecen converger hacia
un punto del horizonte que posteriormente se llamó "punto de fuga".
La hipótesis de los rayos táctiles era útil porque relacionaba matemáticamente el tamaño aparente y la distancia, y pudo emplearse en muchas actividades prácticas como el diseño y la proyección de obras de arquitectura o de ingeniería. Pero más importante para los griegos resultó su aplicación a la astronomía para calcular distancias y tamaños de cuerpos celestes; por ejemplo, para calcular el diámetro del Sol. Estas aplicaciones a la astronomía les permitieron formarse una idea del tamaño del Universo apoyada en observaciones y sobre todo apoyada en la geometría, que era la ciencia perfecta de la cultura griega. Todo esto debe haber contribuido a que la hipótesis de los rayos visuales táctiles fuera aceptada hasta por el mismo Euclides, el creador de la geometría, y que perdurara unos 1 500 años sin ser seriamente cuestionada.



