En un rancho de aquí cerca había un gato bien flojo, muy poltrón el malvado. Y siempre se amadejaba a dormir en el nido donde ponían las gallinas. Todos los días el gato se echaba a dormir sobre los blanquillos que ponían las gallinas.
Y así, llegó un día en que, ¡crack!, ¡crack!, ¡crack!, empezaron a tronar los huevos y a salir de ellos los pollitos. ¡Sac!. ¡sac!, salieron los pollitos de tanto que el gato calentó los blanquillos.
Los pollitos movieron sus alitas y comenzaron a cantar:
Cantaban así, y no kikirikí, porque los empolló el gato, no una gallina.


