
La imaginación de Doña Bernarda no descansa. En un ratito trae a su memoria cuentos de aventuras en palacios lejanos, donde aparecen animales capaces de hablar y ayudar a sus dueños. Si quieres saber más, te invitamos a leer la historia de este joven y su caballo.
Había una vez un joven que vivía en un rancho pequeño. Aburrido de ver siempre las mismas cosas, un día le dijo a su padre:
El muchacho se fue a recorrer otros lugares y en el camino, vio tirada una pluma rara. Sin avisarle al caballo, la recogió para ponerla en su sombrero y siguió cabalgando hasta llegar a un palacio.
Al verlo muy hermoso, quiso saber cómo se vivía en ese lugar y se quedó a trabajar allí, pero a la reina le cayó mal, así que trató de perjudicarlo.
Un día, le dijo al rey que el joven presumía de tener en su sombrero la pluma del pájaro más raro del mundo. De inmediato el rey lo mandó llamar.
Salieron rumbo al monte, pues en lo más alto vivían pájaros de distintos tamaños y colores. Buscaron un rato hasta encontrar a un ave que sólo tenía una pluma, pero igual a la del sombrero. El muchacho le puso unos pedazos de pan y cuando el pájaro se acercó pudo agarrarla para llevarlo con el rey.

Desde entonces, toda la gente del palacio le decía al joven Caballero de la Pluma. La reina estaba muy enojada, así que le dijo al rey:
El monarca le ordenó al muchacho recuperar el anillo, si no, lo mandaría matar. Muy preocupado, le platicó su problema al caballo, quien exclamó:
Al llegar a la playa, vieron unos peces nadando.
Los peces nadaron hasta el fondo buscándolo y por fin vieron el anillo atorado en un coral. Se lo dieron al joven, quien regresó al palacio a entregárselo al rey.
La reina ya no sabía qué inventar. Necesitaba algo muy difícil de hacer y se le ocurrió decirle al monarca:
Esta vez el joven estaba muy asustado pensando que ni siquiera el caballo podría salvarlo; sin embargo, el animal lo tranquilizó.
A la mañana siguiente, el joven hizo lo que le indicó el animal y estuvo todo un día en la olla. Después, salió como si nada para revivir al caballo.
El rey creyó que era muy fácil hacer lo mismo que el muchacho.
Mandó traer las pieles de varios caballos y se las puso encima antes de meterse en la olla de agua caliente. En menos de doce horas, sólo quedaban sus huesitos flotando.
La gente que vivía en el reino se quedó tan admirada de la valentía del joven, que en vez de Caballero de la Pluma, se pusieron de acuerdo para nombrarlo rey, y así se convirtió en dueño del palacio.
La reina se enojó muchísimo y prefirió irse de allí para no ver jamás al muchacho.