
¿Te gustaron las historias de Doña Bernarda? Como a ella le encantan los cuentos de príncipes y castillos, escogimos éste para el final de su libro.
Una señora pobre tenía tres hijas. Pasaban días enteros cosiendo, pero apenas les alcanzaba el dinero. Un día, llegó un señor a ofrecerles que cuidaran un castillo encantado. Aunque les daba miedo, dijeron que sí pues así tendrían donde vivir.
Ya en el castillo, una noche la hija mayor se quedó despierta cosiendo. De pronto, oyó rezos en la soledad del huerto.
Asustada, continuó con su costura, pero las voces se acercaban, hasta que aparecieron unas personas en la puerta del cuarto. Sintió un escalofrío cuando vio que llevaban un muerto y lo tendían frente a ella. Ya no pudo más: se desmayó del susto.
A la siguiente noche le tocó velar a la hija de en medio. Le ocurrió lo mismo que a su hermana, y asustada se desmayó.
Al otro día, Isabel, la hija menor, cosía en la noche cuando escuchó los rezos. Entró gente al cuarto, tendieron al muerto y pasaron uno por uno a apagar una vela encendida sobre el ojo del difunto. Isabel los veía sin asustarse y se dio cuenta que al irse dejaron una vela prendida, así que la apagó en el ojo del muerto. Cuál no sería su sorpresa al oír que el difunto le hablaba.
Isabel contestó que sí, pues el príncipe le gustó mucho.
A los tres días llegó un coche. Cuando Isabel subió le vendaron los ojos, así que no vio el camino en donde iba. El carro se detuvo y le quitaron la venda. Estaba en un palacio precioso, pero sola. No encontró al príncipe ni a los sirvientes. En realidad, Isabel no podía ver al príncipe porque todavía estaba un poco encantado.
Un día Isabel vio en un espejo a su hermana mayor casándose. En eso, una voz le preguntó:
Después el coche regresó para llevarla al palacio.
Otro día, al peinarse frente al espejo, Isabel observó la boda de su otra hermana. De nuevo oyó la voz poniéndole la misma condición para dejarla ir.
Ya en su casa, Isabel estaba muy contenta de ver a su familia, cuando una muchacha se acercó a preguntarle cómo vivía.
Sin darse cuenta que era una trampa, al regresar al palacio Isabel esperó la noche para prender la vela. Entonces, la luz permitió que viera al príncipe dormido junto a ella. Le alzó la camisa con cuidado y vio sobre su ombligo una pequeña puerta con una llave de oro. En cuanto Isabel trató de abrirla, el príncipe despertó y dijo:
Isabel estaba muy triste y se propuso buscar al príncipe. Así anduvo recorriendo caminos y pueblos, hasta que llegó a un palacio.
Estaba descansando cuando una viejita abrió la puerta.
Isabel le platicó su vida y le pidió que la ayudara a conseguir trabajo, porque no tenía dinero.
La anciana la llevó con la encargada del palacio, quien creyó que Isabel era una vieja.
A Isabel le daba curiosidad saber por qué debía estar acompañada en el cuarto y qué hacían allí las piedras. Se lo preguntó a la anciana, quien le respondió:
Desde ese día, Isabel buscó la oportunidad de quedarse sin compañía en el cuarto, hasta que un día la anciana que la ayudaba se sentía cansada.
La viejita aceptó, e Isabel se quedó en el cuarto buscando algo que pudiera romper el hechizo. En una esquina, escondido entre las piedras, vio un frasco lleno de liquido oscuro. Luego de agarrarlo, se le ocurrió ponerle una gota a una piedra a ver que pasaba, y ¡zaz!: la piedra se convirtió en un joven. Entonces Isabel le puso una gota a cada piedra, esperando que una de ellas fuera el príncipe que buscaba. Luego de un rato, el cuarto estaba lleno de gente: nada más quedaba una piedra y una gota. Isabel la echó muy despacio sobre la piedra, que se transformó en su príncipe.
En ese momento el castillo comenzó a temblar y desapareció
dejando a todos muy asombrados. Los príncipes y princesas le
agradecieron a Isabel haber roto el hechizo y le prometieron
darle riquezas a cambio, aunque a ella lo que más le
importaba era estar con su príncipe.