Una noche de luna llena, el conejo fue a beber al lago. Al agacharse lo deslumbró un fuerte brillo. Levantó la cabeza y vio que era el reflejo de la luna, que parecía un gran queso hundido en el agua.
Le vino una idea a la mente: tomarle el pelo al coyote.
Respiró profundo y gritó con todas sus fuerzas:
El coyote, que aún no había cenado, siguió los gritos del conejo y llegó al lago.
El hambriento coyote se asomó al agua. Observó una mancha redonda y blanca en el interior.
El coyote se puso en la orilla del lago y bebió con rapidez toda el agua que pudo.
El líquido le llenó las patas y la panza, es más, hasta le salía por las orejas. El coyote se hinchó tanto, que con el último trago reventó.



