Una tarde, el conejo estaba frente al río pensando la manera de cruzarlo, cuando oyó una voz que salía del agua:
El conejo miró hacia el río y descubrió al lagarto, a quien respondió:
Al lagarto le brillaron los ojos, pues se imaginó lo rico que sería comer conejo fresco.
El lagarto acercó su cola a la orilla, el conejo se subió en ella y le rascó el lomo.
Avanzaron un poco más y el conejo abrió la boca de nuevo.
Cuando iban a llegar al otro lado, el conejo dio un gran salto y llegó a tierra antes que el lagarto. Entonces corrió a esconderse en su cueva.
El lagarto llegó a la cueva del conejo y empezó a cavar con sus fuertes patas. Cavó tanto que se quedó atrapado en el hoyo que había hecho.
Mientras tanto, el conejo había salido por otro lado y lo miraba cavar desesperado.
El lagarto oyó su risa y se le ocurrió abrir el hocico para hacerle creer que era la entrada de la cueva.
El conejo se dio cuenta y saludó como si no hubiera visto las dos hileras de dientes.
Con rapidez, tomó una piedra muy grande y la aventó al hocico abierto del lagarto.
El conejo escapó feliz del lagarto, que tardó muchísimo en volver a cerrar el hocico y en salir del hoyo que él mismo había cavado.



