Había una vez una anciana dueña de un sembradío de frijol. Todas las mañanas encontraba muchas plantas mordisqueadas porque el conejo se las comía.
Un día puso un muñeco de cera a la mitad del sembradío para asustar al conejo, que al rato llegó dispuesto a desayunar.
El conejo mordió algunas plantas de fríjol y cuando se limpiaba los bigotes vio al muñeco, que parecía un hombre de su mismo tamaño.
El muñeco se quedó quieto y el conejo lo golpeó. Su mano chocó con algo pegajoso y ya no pudo sacarla de ahí.
Con la otra mano le pegó al brazo del pequeño hombre, pero tampoco pudo despegarse.
Entonces lo pateó con fuerza y sus patas se pegaron al muñeco como a la miel fresca.
El conejo aventó su cabeza contra la del muñeco. Con el golpe, ambos se mecieron y sus caras quedaron pegadas.
El coyote, que estaba en busca de alimento, vio al conejo y se acercó despacio para sorprenderlo.
El coyote lo ayudó a despegarse y se puso junto al muñeco.
La anciana, que desde su casa ya había visto al conejo atrapado, llevaba un sartén caliente para asarlo. Al ver al coyote se enojó mucho.
El coyote se despegó del muñeco y huyó rápido hacia el lago para meter su cola en el agua.



