Un día, el Señor del Monte mandó al sapo con una carta para todos los animales, en ella les decía: Se van a morir, pero luego van a revivir.
Y se fue el sapo, pegaba dos brincos y descansaba un rato; luego otra vez, dos brincos y a descansar. De pronto se encontró con la lagartija.
Pronto la lagartija se echó a correr con la carta, pero se le cayó en el camino y cuando llegó a donde estaban todos los animales les dijo: Dice el Señor del Monte que vamos a morir y nunca revivir.
Cuando el Señor del Monte supo que la lengua larga de la lagartija había dado al revés el mensaje, se disgustó muchísimo, sobre todo por el relajo que se armó entre todos los animales. Entonces, dos monos que andaban por ahí se pusieron de acuerdo.
Los monos agarraron al sapo de las patas, y ahí lo llevaban con la panza para arriba.
Se lo llevaron otra vez de las patas, sin decirle nada y lo lanzaron a la poza. Cuando ya iba por el aire alcanzaron a oír que el sapo decía: ¡mi juego, mi juego!
Cuando cayó al agua, el sapo se fue hasta el fondo.
Pero al rato volvió a subir y ahí estaba con la cabeza fuera del agua, en medio de la poza, diciéndoles: ¡Mi juego, mi juego! Ya mero se iba a ahogar, si el sapo es del agua. Los changos se fueron muy enojados y el sapo chapoteó y chapoteó de lo lindo, cantando el tilingo lingo.



