Un niño tenía unas cabras muy bonitas y cada mañana, muy temprano, cogía una vara y las conducía al lado de la montaña, donde podían comer y engordar.
Una noche, a la hora de volver al hogar, el niño dijo a las cabras: "¡A la casa! ¡A la casa!" Pero las cabras no le hicieron caso. En lugar de eso, correteaban sin prestarle atención. El niño cogió una vara y corrió atrás de ellas gritando: "¡A la casa, a la casa! ¡cabras!".
En lugar de hacer lo que se les decía, las cabras empezaron a saltar una cerca y se metieron al sembradío de maíz de un hacendado. El niño no pudo sacarlas de ahí. No sabía qué hacer, así que se sentó y se puso a llorar.
El conejo saltó alrededor del sembrado tratando de hacer que las cabras se fueran a la casa. Pero no se fueron. El conejo se sentó al lado del niño y los dos empezaron a llorar.
Más tarde llegó un pato, meneándose al caminar. Cuando vio que el niño y el conejo lloraban les preguntó por qué lo hacían. El conejo dijo:
El pato caminó con meneos alrededor del sembrado, pero no logró que las cabras se salieran para ir a la casa. Así que el pato se echó al lado del niño y del conejo y se puso también a llorar.
De pronto se acercó un caballo al galope. Se detuvo y miró al pato, al conejo y al niño, todos llorando.
El caballo galopó alrededor de la siembra correteando a las cabras, pero no pudo hacer que se fueran de ahí. El caballo, finalmente, se tumbó al lado de los demás y todos comenzaron a llorar.
Luego apareció por el camino un gato. Al ver al caballo, al pato, al conejo y al niño, les preguntó.
El gato erizó su lomo y con un como silbido le habló a las cabras. Ellas ni siquiera lo tomaron en cuenta. El gato daba fuertes maullidos y corría detrás de ellas, pero las cabras no se iban, así que el gato se sentó con los otros y los acompañó con su llanto.
No había pasado mucho tiempo cuando una abeja que pasaba zumbando por ahí los vio. Ahí estaban el conejo, el pato, el caballo, el gato y el niño, y no paraban de llorar.
La abeja se alejó zumbando. Zzzzzzzz, se fue la abeja y se paró en la oreja de una de las cabras. La cabra se asustó tanto que brincó la cerca y corrió a la casa. La abeja se fue a hacer lo mismo con otra de las cabras, y con otra, y otra, y otra, hasta que todas saltaron la cerca y se encaminaron a la casa.
Cuando salió la última cabra, la abeja voló tras ella. Luego el pato siguió a la abeja, el caballo siguió al gato, el pato al caballo, el conejo al gato, y el niño al conejo. Iba el niño tan feliz que brincó todo el camino hasta su casa.
Recopilador: Yolanda Cuevas Espinosa.
Comunidad: Los Terrenos, Mpio. Dr. Arroyo, Nuevo León.



