Había una vez un hombre muy trabajador, pero su trabajo apenas le daba para mal comer, pues se dedicaba a acarrear leña para vender y para que quemara la señora de la casa. Un día que estaba trabajando en el cerro oyó unos ruidos extraños, pero no hizo caso, siguió corte y corte la leña que vendería esa tarde, cuando bajara al pueblo.
Ya empezaba a pensar en otras cosas, cuando oyó como el chillido de un elefante. Le dio harto miedo, pero hizo de tripas corazón y ai va, derechito a donde salía el chillido, para averiguar qué era aquello. Así fue a dar a donde estaba una muchacha muy bonita, enredada entre las ramas. El hombre empezó a cortar las ramas hasta que la joven quedó libre.
El leñador, sorprendido, tartamudeando, se lo dijo.
Sin averiguar más, y pensando que era un sueño, el hombre tomó el dinero y se fue muy contento a su casa. Su mujer tampoco creía que aquello fuera verdad. Estaban muy felices los dos. La gente empezó a ver cómo había cambiado la vida del leñador y de su señora, y no faltó quien les preguntara de dónde habían sacado dinero para arreglar la casa, comprar algún mueblecito y ropa. El hombre no les decía más que: "Le grité a mi suerte en el cerro".
Un hombre, el más flojo del pueblo, cuando oyó esto se fue casi volando al cerro para gritarle a su suerte, y va saliendo de entre el monte una mujer vieja, arrugada y toda chilandrajuda. El hombre flojo, todo asustado, le alcanzó a decir:
El hombre, al escuchar la palabra trabajo, se fue corriendo cuesta abajo, como si le hubieran puesto un cuete en la cola, y nunca tuvo nada.
Recopilador: Cesáreo Reyes Saucedo.
Informante: María Pérez López.