Había un lugar al que le decían Yohualexcan. Estaba muy lejos y a todos los que llegaban ahí, se los comían.
Un día fue a Yohualexcan el papá del maíz y se lo comieron.
Su esposa ya sabía lo que le había pasado. Pero su hijo no, estaba espérelo y espérelo.
Queriendo y no queriendo, la mamá le hizo un itacate a su hijo. El muchacho salió de su casa y se fue cortando vereda.
Caminó largo rato, hasta que llegó a un río. Del otro lado estaba Yohualexcan.
El hijo del maíz se sentó a la orilla del río. Ahí estaba jugando, mientras pasaba un pez. Aventaba piedritas, plin, plin, y el agua brincaba como brincan los peces.
Por fin pasó otro pez. El niño lo detuvo y le dijo:
El pez fue y le dio el recado al jefe Yohualexcan. Éste llamó a su gente:
Le llevaron una lancha. Apenas puso un pie en ella, el muchacho la hundió. Le llevaron otra lancha y también la hundió.
Entonces sacó del agua conchitas rojas, de esas que corren para allá y para acá como frijoles. Las fue apilando: tas, tas, tas...; y pasó encima de ellas.
Le llevaron un plato con mojarra. Una mojarra pero de veras grande, grande. El hijo del maíz ni la olió, se la comió toda. Le llevaron otros y otros animales, y todos se los comió como si nada.
Cuentan que así decía el jefe. Dicen que era el dueño de los animales. De los grandes y de los chicos. De los que comen carne y de los que comen pasto.
Como no lo pudo empachar, el jefe Yohualexca buscó otra forma de acabarlo.
Fue a sentarse donde el jefe le dijo, que era una silla con muchos clavos.
El jefe ya no hallaba qué hacer. Se le ocurrió algo y le propuso:
El jefe Yohualexca buscó la piedra más grande y más pesada y se la aventó al niño de maíz. Se tapó los oídos y cerró los ojos. Por eso no oyó.
La piedra grande sonó como una piedra chiquita cuando cae en el agua.
No le pasó nada al muchachito. Se salvó porque se puso su itacate en la cabeza. Y la piedra se desmoronó, haz de cuenta, como un pedazo de pan.
El jefe muy confiado se puso bajo el árbol. Pero le cayó el itacate en la cabeza y con eso tuvo bastante. Ahí se quedó. Allí acabó el jefe.
Los demás habitantes de Yohualexcan se perdieron. Se hicieron ojo de hormiga. Sólo quedó uno. A él le preguntó el hijo del maíz:
El muchacho fue y escogió los huesos. Pegó todos, uno por uno. Por fin quedó completo el padre.
Atravesaron el río, y luego iban por el camino. Andando, andando, se encontraron a un papán, al que le dicen pájaro chismoso.
En cuanto el pájaro los vio pega de gritos: "pa-pan, pa-pan..." Al oír los gritos el padre del maíz brincó del susto y se volvió venado.
Pero cuando se vio venado, ya no quería ir a su casa.
Ya iban rumbo a su casa. Pero otra vez grita aquel pájaro: "pa-pan, pa-pan..." y otra vez, de susto, brincó el papá del maíz convertido en venado. El hijo lo agarró de la cola con tanta fuerza que se la cortó.
¿Será por eso que los venados tienen sólo un cachito de cola?
El niño llamó al papán y le dijo:
Se lo llevó cargando a su casa. Antes que la madre del maíz se diera cuenta, el papán dio sus escandalosos gritos: "pa-pan, pa-pan..." La mujer brincó del susto, y se volvió venada. Cuentan que volvió a gritar el papán; que la mamá del maíz convertida en venada, pegó otro brinco, y que el hijo la agarró de la cola y se la cortó también, se la dejó hecha rabo. Y le dijo:
El papá y la mamá del maíz se encontraron. De ahí en adelante anduvieron juntos, nada más que como venados.
Esta leyenda la contó en Matlapa, San Luis Potosí, un abuelo. Como viste, esta historia trata de la muerte. Y aquí nuevamente el maíz es importante, tan importante que es vida.


