El papá del maíz

Había un lugar al que le decían Yohualexcan. Estaba muy lejos y a todos los que llegaban ahí, se los comían.

Un día fue a Yohualexcan el papá del maíz y se lo comieron.

Su esposa ya sabía lo que le había pasado. Pero su hijo no, estaba espérelo y espérelo.

—Mamá, ¿en dónde está mi papá?
—Se fue a Yohualexcan.
—¡Ah...! Bueno, hágame un itacate, lo voy a buscar.
—No vayas allá porque te van a comer, como a tu padre.
—¿De modo que se lo comieron?
—Sí.
—Pues no le hace. Hágame mi itacate, con siete tamalitos.

Queriendo y no queriendo, la mamá le hizo un itacate a su hijo. El muchacho salió de su casa y se fue cortando vereda.

Caminó largo rato, hasta que llegó a un río. Del otro lado estaba Yohualexcan.

El hijo del maíz se sentó a la orilla del río. Ahí estaba jugando, mientras pasaba un pez. Aventaba piedritas, plin, plin, y el agua brincaba como brincan los peces.

Por fin pasó otro pez. El niño lo detuvo y le dijo:

—Por favor, ve y dile a Yohualexcan que vengo a verlo.

El pez fue y le dio el recado al jefe Yohualexcan. Éste llamó a su gente:

—Mándenle una lancha. Lo dejan que atraviese el río. Apenas llegue le damos de comer. Lo empachamos primero y luego nos lo comemos.

Le llevaron una lancha. Apenas puso un pie en ella, el muchacho la hundió. Le llevaron otra lancha y también la hundió.

—En esta cosa no voy a pasar —dijo.

Entonces sacó del agua conchitas rojas, de esas que corren para allá y para acá como frijoles. Las fue apilando: tas, tas, tas...; y pasó encima de ellas.

—Ya llegaste —le dijo el jefe.
—Sí, aquí estoy ya.
—Ah, bueno... A ver, tráiganle de comer al muchacho.

Le llevaron un plato con mojarra. Una mojarra pero de veras grande, grande. El hijo del maíz ni la olió, se la comió toda. Le llevaron otros y otros animales, y todos se los comió como si nada.

—Mejor ya párenle —dijo el jefe—, si no, este muchachito va a acabar con todos mis animales.

Cuentan que así decía el jefe. Dicen que era el dueño de los animales. De los grandes y de los chicos. De los que comen carne y de los que comen pasto.

Como no lo pudo empachar, el jefe Yohualexca buscó otra forma de acabarlo.

—Ven para acá, quiero que seamos amigos.
—¡Qué amigos, ni qué nada! —pensó el muchacho—. Éste quiere acabar conmigo.
—Siéntate aquí, a mi lado.

Fue a sentarse donde el jefe le dijo, que era una silla con muchos clavos.

—Pero oye, psht, esta silla tiene mucho polvo —comentó el muchacho y sacudió los clavos, como si fueran tierra seca.

El jefe ya no hallaba qué hacer. Se le ocurrió algo y le propuso:

—Vamos a jugar. Vamos a hacer una apuesta.
—Está bien —contestó el muchachito.
—Tú te paras allí, bajo ese árbol. Yo desde arriba te aviento una piedra. Si no te pasa nada, me la avientas tú a mí.

Así lo hicieron.

El jefe Yohualexca buscó la piedra más grande y más pesada y se la aventó al niño de maíz. Se tapó los oídos y cerró los ojos. Por eso no oyó.

La piedra grande sonó como una piedra chiquita cuando cae en el agua.

No le pasó nada al muchachito. Se salvó porque se puso su itacate en la cabeza. Y la piedra se desmoronó, haz de cuenta, como un pedazo de pan.

—Ahora voy yo —dijo—. Yo te aventaré mi itacate nada más. Tiene siete tamalitos.

El jefe muy confiado se puso bajo el árbol. Pero le cayó el itacate en la cabeza y con eso tuvo bastante. Ahí se quedó. Allí acabó el jefe.

Los demás habitantes de Yohualexcan se perdieron. Se hicieron ojo de hormiga. Sólo quedó uno. A él le preguntó el hijo del maíz:

—Dime en dónde están los huesos de la gente y los animales que se han comido.

Aquel hombre le dijo:

—Detrás de ese monte están.

El muchacho fue y escogió los huesos. Pegó todos, uno por uno. Por fin quedó completo el padre.

—Aaah, estaba dormido..., ¿verdad?
—¡Sí hombre! Ándale, vamos a la casa. Allá mi mamá te está esperando.—Bueno, vamos pues.

Atravesaron el río, y luego iban por el camino. Andando, andando, se encontraron a un papán, al que le dicen pájaro chismoso.

—Mira papá, allí está el papán.
—Déjalo, no le hagas malobra.

En cuanto el pájaro los vio pega de gritos: "pa-pan, pa-pan..." Al oír los gritos el padre del maíz brincó del susto y se volvió venado.

Pero cuando se vio venado, ya no quería ir a su casa.

—No te avergüences. Ándale, vamos a la casa —le dijo su hijo.

Ya iban rumbo a su casa. Pero otra vez grita aquel pájaro: "pa-pan, pa-pan..." y otra vez, de susto, brincó el papá del maíz convertido en venado. El hijo lo agarró de la cola con tanta fuerza que se la cortó.

¿Será por eso que los venados tienen sólo un cachito de cola?

—De plano, yo me quedo aquí. No quiero que tu mamá me vea así.
—Si no quieres ir a ver a mi mamá, pues ni modo. Ahí te dejo. Ahí te quedas.

El niño llamó al papán y le dijo:

—Ahora me completas la gracia.

Se lo llevó cargando a su casa. Antes que la madre del maíz se diera cuenta, el papán dio sus escandalosos gritos: "pa-pan, pa-pan..." La mujer brincó del susto, y se volvió venada. Cuentan que volvió a gritar el papán; que la mamá del maíz convertida en venada, pegó otro brinco, y que el hijo la agarró de la cola y se la cortó también, se la dejó hecha rabo. Y le dijo:

—Vaya a ver a mi papá.

El papá y la mamá del maíz se encontraron. De ahí en adelante anduvieron juntos, nada más que como venados.

Esta leyenda la contó en Matlapa, San Luis Potosí, un abuelo. Como viste, esta historia trata de la muerte. Y aquí nuevamente el maíz es importante, tan importante que es vida.