Un día, Teófilo, Faustino y Pantaleón iban a caballo rumbo a un pueblo de Jalisco. Tenían que atravesar la sierra para llegar y estaban aburridos porque a nadie se le ocurría una historia que hiciera más entretenido el camino. En eso, vieron a lejos a un viejito que caminaba frente a ellos.
Les faltaban unos cuantos metros para alcanzar al anciano, cuando vieron que volteó hacia un lado del camino y exclamó:
Intrigados, los hombres se acercaron a ver qué había visto el viejito y se quedaron con la boca abierta al darse cuenta de que al lado del camino había un gran tesoro.
Pero así como resplandecía el oro, también brillaba la codicia en la mente de los tres hombres y cada uno pensó quedarse con todo el tesoro. Por ello, Teófilo sugirió:
Faustino aceptó el encargo, porque le dio una idea para deshacerse de los otros.
Mientras tanto, Teófilo y Pantaleón se ponían de acuerdo para acabar con Faustino:
Faustino llegó a su casa e hizo la cena, luego le vació un frasco entero de veneno y se fue de regreso con sus compañeros. Iba feliz pensando que disfrutaría el dinero él solo, pero al poco rato se le acabó el gusto. Apenas se acercó al lugar donde estaban los otros, ellos sacaron sus pistolas y lo mataron.
Después, ya con toda calma, Teófilo le dijo a Pantaleón:
Claro que cada uno pensaba eliminar al otro en el camino, pero no tuvieron tiempo. En cuanto acabaron de cenar, murieron envenenados. Finalmente, el viejito tenía razón, en verdad había visto a la muerte.



