Allá en el año de 1935, a un joven llamado Romualdo le gustaba mucho ir a los bailes, siempre con algún amigo. En una ocasión, supo que habría fiesta en la comunidad Tanque Viejo y le pidió a Apolonio que lo acompañara.
Bailaron hasta la madrugada con las muchachas más bonitas; luego decidieron regresar porque hacía mucho frío y no llevaban sarape. Además, debían atravesar la parte más espesa y oscura del bosque y corrían el peligro de que los atacara un lobo u otra fiera.
Era por esas razones que Apolonio quería caminar aprisa, pero Romualdo iba con calma. Era un hombre que no conocía el miedo y traía una botella de colonche, un aguardiente de tuna, así que no le hacía caso a Apolonio cuando éste le pedía que se apurara.
Apolonio ya no trató de convencerlo y apuró el paso. No tardó en llegar a su casa y acostarse a dormir. No supo más hasta el día siguiente en que lo despertaron unos golpes en su puerta. Era el padre de Romualdo, preocupado porque el muchacho no había llegado en toda la noche.
Apolonio le contó lo sucedido y ofreció acompañarlo a buscar a su hijo. Fueron al bosque, al lugar donde Romualdo se había quedado. Allí encontraron las huellas de sus huaraches, pero más adelante se perdía el rastro.
Los dos temían por la vida del joven y continuaron su búsqueda por los alrededores; fue poco antes del anochecer cuando por fin lo hallaron en una loma llena de nopales. Romualdo estaba arriba de un nopal, con la cabeza hacia abajo y los pies hacia arriba; tenía el rostro arañado y los ojos pintados de miedo.
Apolonio sacó su machete y cortó las pencas. Bajaron a Romualdo casi desmayado. Les costó mucho trabajo llevarlo a su casa, porque pesaba tanto como si cargaran a tres hombres en lugar de uno.
Luego de varios días de curaciones, Romualdo se recuperaba de las heridas, pero no podía hablar. Pasó más de una semana, hasta que una mañana llamó a su padre y, temblando, le contó qué le había ocurrido.
Romualdo quedó tan impresionado, que ésa fue la última vez que salió a un baile.



