Una vez, un joven de Chiquilistlán mandó una carta a una muchacha para enamorarla. Al principio, lo hizo a escondidas de los papás de ella. Con el tiempo, la muchacha le correspondió y envió sus cartas, aunque también a escondidas de todos.
Luego, la muchacha, que tenía mucha confianza con sus padres, pidió permiso para que le diera cartas a su novio. De esta manera, los papás de ella supieron quién era el que enamoraba a su hija y lo fueron conociendo poco a poco.
Después de un año, los novios se animaron a casarse. Pero, para que los padres de la muchacha estuvieran seguros de que el novio sería un buen esposo, le pusieron algunas pruebas.
Eran unos trozos de leña bien gordos y duros como las piedras. Si el muchacho lograba rajar los leños, sería bien visto por sus futuros suegros. Pero si no lo lograba, iba a ser difícil que le concedieran la mano.
El muchacho se puso a batallar con el hacha. Quedó con las manos llenas de ampollas pero pudo rajar algunos leños. El padre de la muchacha quedó más o menos satisfecho y le dio permiso para entrar a ver a la muchacha a su casa.
Pero, en uno de esos días en que el joven visitaba a la novia, la mamá le puso otra prueba. Echó un montón de chiles en el molcajete, de esos que no mienten, y preparó una salsa que ni el más bravo podría comerla. Ya que tenía todo listo, llamó al muchacho:
Y ahí fue el muchacho, queriendo y no, a sentarse a la mesa. La señora le arrimó el molcajete y las tortillas y le sirvió un jarro de atole bien caliente. A los demás les sirvió sopa. Nomás dio la primera mordida y le salieron chorros de agua por los ojos y la nariz. Ya no se hallaba. En eso, la señora dijo:



